Cementerio Inocentes nos dice que son rock psicodélico, pop psicodélico y pop experimental. Al menos eso dice lo que busco en internet sobre ellos. Con todas las bandas que descubro y en las que siento que hay algo más que indagar (es decir, cuando la música no me espanta), me siento un rato a buscar más sobre ellas: quiénes eran, por qué eran así, qué querían ser y en quiénes se han convertido. No es un juego de palabras, les juro que esas cuatro preguntas resuelven a la mayoría de las bandas del mundo.
Descubrí que sus influencias son claras, que quizás por eso los algoritmos los descubren como ese nuevo rock pop psicodélico moderno en el que Tame Impala quiso hacer lo suyo, bandas como MGMT ganaron terreno o Pond dijo: “hey, aquí también hay más ideas”. Cementerio Inocentes llega para contarnos las suyas y proponernos su propia versión de este, llamémosle, “posgénero”.
Para mí, sobre todo sesgado por mis gustos personales, declararse una banda “psicodélica” involucra muchísima responsabilidad. Responsabilidad de la que Tame Impala pudo encargarse. Mi pregunta era: ¿C.I. puede encargarse de esa autodenominación? Con esa idea preconcebida puse play, ya casi como diez veces, a este disco.
Es un momento de frescura total encontrar bandas peruanas con discos que lo representan y con tantas ganas de que sea lo mejor que hayan hecho. Se nota en las vibras en general que el orgullo propio en el estudio debió estar por las nubes. Hay frescura, hay virtudes, hay propuesta. Y es con lo que quiero quedarme del disco. Quizás, y eso lo digo yo como músico, me quitaría las etiquetas, porque los puristas pueden venir a armar el caos al decir “¡oye, eso no es psicodélico!”, y quizás puedan tener razón en algunas de las patas que definen ese género, pero estarían ignorando que al final hay una banda creativa, divertida y lista para lo que, imagino y espero, deben ser conciertos divertidos.
Claro, pero aquí no estamos hablando de los shows, sino del disco. En las primeras impresiones fluí con todo. Luego fue que, cuando empecé a preguntarme sobre las autodefiniciones, dije: “¿pero son?”. Creo que las letras no entran en lo que una banda psicodélica, por naturaleza, sería, pero yo, como crítico del purismo, me critico a mí mismo y me digo: “Cállate, Jano”.
Creo que la nueva música psicodélica tiene nuevas características en donde la intención musical, la autodeclaración de una independencia sin que nadie te la mencione, las ganas de experimentar dentro de un mundo que “poco” lo permite (el pop), ya son credenciales suficientes para que, al menos, escuchen tu disco con respeto.
Pero más bien quisiera que quien sea el encargado de las mezclas no tenga miedo. Basta con escuchar a Amy Winehouse y un disco de Tame Impala, y compararlos con un plugin que permita comparar audios, para notar que la música podría haber necesitado de ese punche adicional que le da una mezcla explosiva, creativa y no solo controladora. Lo digo literal por la primera canción: cuando entra el groove del tema, en el segundo 36-37, todo debía explotar como una Coca-Cola rellena de Mentos, pero al final solo es el sonido del primer popcorn en el microondas. ¡Esas oportunidades no se pueden dejar pasar! Eso creo yo, al menos.
En las bandas peruanas modernas sobran la creatividad y las ganas de hacer algo propio, solo que a veces creo que llegamos solo hasta las referencias de la producción musical y nos quedamos cortos en las referencias de mezcla y máster. Yo odio mis mezclas. Sueño con el día en que pueda sonar como mis ídolos, pero prefiero intentar y equivocarme. No tengamos miedo.
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